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Cuando acontece una catástrofe natural como la que sacudió a Chile el pasado 27 de febrero de 2010, la noticia se impone con la misma fuerza del terremoto que devastó a ese país y que sigue haciéndolo temblar con réplicas que vuelven a poner a flor de piel la desesperación del primer estremecimiento. Las imágenes de la destrucción, de los saqueos, de la intervención policial primero y de la militar después, se van convirtiendo en la inevitable rutina informativa junto al también inevitable y necesario registro de la historia.
Con cada foto, cada fragmento de vídeo, primero nos asombramos y nos deja sin mayores palabras ante la desolación que provocó la furia de la naturaleza. Luego se van convirtiendo en imágenes opacas, invisibles en el peor de los casos, y nos dejan de sorprender en el río informativo al continuo de los noticieros de la tele. La sorpresa decrece al mismo ritmo que el número de muertos se van confirmando. De la conmoción inicial a la rutina informativa en la que nada es diferente al día anterior hay una línea muy delgada.
No hay historias, o pocas o las de siempre. Tal vez demasiada desolación y destrucción vista desde el aire y poca gente real y concreta vista desde el suelo. Tal vez los países reales no se pueden esconder luego de que un temblor, una inundación o un derrumbe se lo llevan todo. Y que el país aflore tal cual es en la realidad, no les gusta a los políticos, sobre todo a los latinoamericanos. Por más que ahora las herramientas de la Internet 2.0 nos presenten con precisión quirúrgica como fue el terremoto y expliquen por que el t-sunami que le precedió fue tan destructivo como el mismo temblor. Después que la tierra y el mar se lo tragaron todo, de poco le sirven ahora a quién le quedó menos que nada. El consuelo de que pueden ser útiles en un futuro es una idea muy poco feliz cuando lo único que te abriga es el hambre y el aire.
No es necesario una tragedia para que las historias aparezcan en las páginas de los periódico, de las revistas o de las ediciones digitales, pero al mismo tiempo las historias están a la orden del día cuando una catástrofe se hace presente. Y esas historias hay que contarlas, por que si en algo estamos de acuerdo es que el periodismo es, entre otras cosas, contar historias, si se quiere mínimas pero historias al fin.
Esas historias le dan rostro y dimensión humana a una noticia que tiene proporciones de otro mundo en la repetición hasta el hartazgo de las imágenes de la devastación. Y tratando de encontrar esas historias, en la edición digital de latercera.com me tope con este vídeo que cuenta una historia, mínima y que le da otro valor a tantos números siniestros entre réplicas y muertes.
La instantaneidad sin contexto y sin unión entre los hechos que lo tienen o pueden tenerlo también está debilitando al periodismo al publicar los hechos como si se tuviera una propaladora imparable de noticias sin conexión ni contexto. Una detrás de la otra sin parar. Y así se pierden historias que en su momento eran relevantes y que, por esas cosas del destino, toman otro rumbo y vuelven a ser relevantes uniendo un terremoto en Haití con el de Chile. Y así buscando de nuevo esas historias esta vez encontré que la edición electrónica del diario El Mercurio se publicó una nota sobre los haitianos que fueron a Chile a buscar rehacer su vida después de perderlo todo en su tierra natal.
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Poco más de dos meses después esos mismo haitianos son parte de otra historia, parecida, igual o diferente a la de otros inmigrantes que tal vez llegaron a Chile sin el lastre de haber pasado por un terremoto.
La vida de estos haitianos queda anclada entre dos terremotos y en la misma edición electrónica del diario El Mercurio, algunos de estos inmigrantes, sin nombre ni edad ni ningún otro dato reconocible, se quedan en la foto número 21 entre 50 de una fotogalería y la historia de eta manera se pierde y se reduce. Fin de la historia y de una oportunidad de contarla.
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